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Sinopsis:
“Lo
recuerdo muy bien, era un día de bochorno tropical cuando descubrí
que no entendía a los nativos. Corría el verano de 1981
y yo acababa de volver a Madrid tras catorce años de ausencia.
Los nativos eran todos españoles: altos funcionarios y políticos
que hablaban de posicionarse de cara a tocarel tema en profundidad y en
solitario. Por un momento creí haberme equivocado de reunión
y estar en un congreso de pornógrafos pedantes, pero no, en esa
sala caldeada se estaba hablando de política exterior y los participantes
eran casi todos viejos amigos míos, gentes honorables y sensatas.
Me había separado de ellos recién terminado nuestro paso
por la universidad, los había dejado hablando en cristiano y ahora
me los encontraba parloteando en una jerga incomprensible. Yo seguía
entendiendo a la pipera madrileña o al gañán andaluz
–y desde luego al campesino peruano o al peón costarricense–
pero ya no entendía a mis pares, a la crema de la intelectualidad
española. Callé, humildemente tomé notas, y de ese
trabajo de campo, entre filológico y antropológico, nació
el Guirigay Nacional.”
Así
empezaba su primera edición, de 1988. Ésta de 2006, aumentada
y corregida, tiene una doble razón de ser: los nuevos giros de
la lengua son tan curiosos –y a veces ridículos?como
los que surgían hace un cuarto de siglo, y éstos a su vez,
hayan o no arraigado, ilustran la regla de oro de la posmodernidad. Dicha
norma continúa en vigor y consiste en aspirar a la cacofonía
perfecta mezclando a partes iguales la imprecisión intelectual,
la cursilería de los sentimientos y la fealdad en el campo estético.
El autor de estos ensayos cree, como creía Goya hace dos siglos
al burlarse de los picos de oro, que en tales circunstancias la ironía
sigue siendo la mejor réplica a la estupidez.
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